Un paso hacia la ternura

Loreta, a mediados de aquel invierno, fue a parar al pueblo, para vivir con su tía Domitila. Era la única pariente que le quedaba a la niña después de que sus padres sufrieran un mortal accidente.

Doña Domitila era la tía abuela de la mamá de Loreta. Mujer enjuta, de facciones duras y ceño fruncido pasados los ochenta años . Era una auténtica solterona de las de antaño. No menos antipática y solterona era su doncella, Desederia, que llevaba con su señora cuarenta largos años, por lo que la lealtad que le profesaba era hasta la muerte.

Cuando Loreta llegó a la casa, tía y sobrina no se habían visto nunca y la pobre niña fue recibida sin ningún afecto por parte de las dos mujeres.

Desideria, la alojó en una habitación amplia, de paredes y visillos blancos y muebles antiguos y oscuros. Un armario, un sillón de mimbre, una mesilla de noche con una lámpara con forma de flor, una cómoda con cuatro cajones y una cama muy alargada cubierta por una colcha bordada con rojos rosetones y dos almohadas haciéndoles juego. Gracias a estos coloridos bordados, a la chiquilla, el dormitorio le resultó menos triste. Desde el ventanal, grande y cuadrado, se podían ver el jardín y las montañas, ya que la casona donde vivía su tía, estaba situada a cierta distancia del pueblo.

Desde el primer momento, Loreta, se sintió muy triste y muy sola en aquel caserón, donde su tía y Desideria se pasaban el día discutiendo. No había nadie de su edad con quien jugar , hablar y sentirse acompañada. Por las noches, la niña , escondía la cara entre las sábanas y lloraba y se preguntaba por que se había quedado tan sola en el mundo. Por las mejillas de la pequeña resbalaban lágrimas de saladas amarguras.

Había transcurrido más de un mes desde que Loreta llegara a su nuevo hogar, pero las cosas seguían como el primer día.

El buen tiempo ya anunciaba que estaba próxima la primavera. Las luces del día eran más diáfanas y el aire más cálido y perfumado, en el jardín comenzaban a abrirse algunas flores. Estas sensaciones de vida, ayudaban a que el corazón de la niña latiese esperanzado, empujando a la pequeña, para que feliz e ilusionada, se atreviese a hacerle una petición, que le rondaba por la cabeza, a su gélida tía.

- Tía, Domitila, me gustaría tener alguna niña con quien jugar, pero como vivimos separadas del pueblo, se que no va a poder ser hasta que empiece la escuela el curso que viene, así es que he pensado que podrías comprarme un perrito, que sea pequeño, muy pequeño, para que no te cause muchas molestias, sería un compañero de juegos para mi. Yo lo cuidaría y ni lo ibas a notar.

-¡ Un perro? ¿Pero que dices criatura? ¡Jamás a entrado animal alguno en esta casa! ¡Son sucios, ruidosos y malolientes! ¡No pienses en tal cosa!

-¡Eso mismo digo yo. Ya tengo más trabajo desde que tu has llegado ! gruñó Desideria, para que encima quieras que entre un animal a ensuciarlo todo!

-¡Desideria, usted se calla, nadie le ha pedido su opinión! bramó, doña Domitila. Haga el favor de volver a la cocina.

-¡Claro, después de cuarenta años de estar a su servicio no tengo ni voz ni voto! ¡Eso soy yo, el último mono en esta casa! 

A Loreta le hizo gracia esta afirmación, justo cuando estaban hablando de animales y soltó una risa, que cortó en seco en cuanto vio las miradas avinagradas de su tía y su fiel asistenta.

Después de esta escena desagradable, la pequeña se quedó muy desanimada. No podía vivir con aquellas dos personas tan insensibles parecían, de algún siglo muy lejano. No había televisión, ni internet, ni microondas, nada moderno, tan solo un teléfono de color negro en el que se marcaba metiendo el dedo en el agujero de cada número y se le hacía girar y una vieja radio llena de ruidos como si le crujieran las tripas. Loreta, se imaginaba el corazón de las dos mujeres seco negro y arrugado como una ciruela pasa.
Su madre le había contado, que su tía Domitila, había sido una chica muy rara. Se escondía en los rincones de la casa para estar apartada de la familia y en cuanto tenía oportunidad le echaba en cara a sus padres que le hubieran puesto un nombre tan horrible, que la hacía sentirse fea y rechazada, y que muchos años después de haber nacido ella, hubieran tenido otra hija, Lucinda, la que fuera abuela de Loreta. Al parecer estas circunstancias formaron todas sus desdichas, que se trasformaron en un circulo que la aisló, poco a poco, de toda afectividad. En aquel entonces, nadie en la familia reparó en ello y lo tomaron como chiquilladas de niña caprichosa. Pero estas cosas, que les parecieron tan simples a sus padres, le marcó la vida para siempre. Loreta, trataba de comprender, lo que de ninguna manera comprendía. La muerte de sus padres y por qué tenía que vivir con dos personas que no le demostraban ningún afecto.

Doña Domitila, se hacía cargo de su sobrina en lo más estrictamente necesario, la llamaba “niña” en un tono seco y despectivo y le dirigía muy pocas veces la palabra. Le rogó desde el primer día que no corriese ni alborotase en la casa. Si quería distraerse que saliese al jardín.

Loreta, a penas sonreía, comía muy poco y adelgazó mucho. Ya no tenían las mejillas el color sonrosado de su infantil edad de tan sólo nueve años. La pequeña, iba creciendo estirada como un palito.

Un día, Loreta, vio un gran paquete en la entrada de la casa, sintió curiosidad pero no preguntó nada, estaba segura de recibir una regañina por respuesta.

Después de la comida, Desideria, llegó arrastrando el paquete con mucho cuidado. - ¡ Ábrelo ! Le dijo su tía a la pequeña. La chiquilla comenzó a romper los papeles del paquete y su carita mostró un gran desconcierto cuando quedó al descubierto lo que el envoltorio cubría. ¡ Un enorme perro de cerámica sentado sobre sus patas traseras, con puntiagudas orejas y ceño fruncido!

-¡Niña! ¿No querías un perro? Pues te he comprado el más grande que había en los almacenes del pueblo. En tu cuarto tienes sitio de sobra para poder guardarlo.
Y la figura pasó a formar parte del mobiliario de la habitación de Loreta.

Esa noche, Doña Domitila y su asistenta, como todas las noches, sin saltarse una, se pasearon toda la casa, cerrando puertas, ventanas, husmeado en la despensa de la cocina y debajo de las camas, antes de irse a dormir. Al pasar por delante de la habitación de su sobrina y al observar que la puerta estaba entre abierta, la anciana, echó un vistazo por la rendija y vio a Loreta, sentada en el suelo, frente a la figura del horrendo perro. Lo contemplaba inexpresiva, pero no le pasaron desapercibidas, a su tía, dos gruesas lágrimas que resbalaban por las pálidas mejillas de la pequeña.

***

La primavera, entró, sin permiso y con gran alboroto, por ventanas y puertas, arrasando con su luz, su aroma y sus colores toda la tristeza que respirara aquella casa durante los meses de invierno. En el jardín de Doña Domitila, los pájaros trinaban sin cesar, las flores se abrían y los árboles vestían hojas de verde esmeralda. Todo en el ambiente era vida menos en la pequeña Loreta. Sus ojos habían perdido su brillo, ya no sonreía y la ropa se le escurría por su infantil figura.

Era el mes de julio. Hacía calor. Dentro de la casa se estaba muy fresco gracias a los gruesos muros conque los que la construyeron. Aquella mañana, hundida en un amplio sillón del comedor estaba Loreta, con su traje de color de rosa, los negros y rizosos cabellos que le caían desordenados sobre la cara, y su mirada perdida en el techo... era la imagen de una muñeca rota y abandonada. Su tía la había visto desde el vano de la puerta.

Ya era medio día. Habían pasado dos horas y Loreta seguía en la misma postura, unicamente que, tenía los ojos cerrados porque se había quedado dormida.
- ¡ Niña, despierta, aquí hay algo para ti ! - La zarandeó su tía sin grandes miramientos a la vez que Desideria, le puso un cesto cubierto con una servilleta encima de la falda.
La chiquilla desorientada y medio dormida apartó la tela que cubría el cesto… de pronto se le agrandaron los ojos y dio un grito de alegría, un gracioso perrito asomaba su cabeza y sus patitas.

Doña Domitila y su fiel Desideria, dibujaron en sus labios, algo semejante a una fría sonrisa. No se había producido ningún milagro, pero sin ellas saberlo, habían dado un paso hacia la ternura.

6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Gracias, Gemma. Si es estupendo que las coasa tengan un final feliz.

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  2. Lindo cuento donde prosperó la dulzura y sonrisa de la niña Loreta!...
    Enhorabuena!
    Nhylath

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    1. Gracias, amiga Hnylath, por tu comentario. Este cuento tiene una base extensa de realidad.
      Un abrazo de Carmen

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  3. un final, como dice el título, tierno. cada vez escribes y dibujas mejor

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    1. Gracias, Javier, me alegra verte por mis cuentos. Tus apreciaciones me animan a seguir escribiendo.
      Carmen

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